Entrevista a Pedro Andreu

Cuando un escritor es bueno, te das cuento al empezar a leerlo. Yo me di cuenta de lo bueno que era Pedro Andreu leyendo El secadero de iguanas, y lo confirmé leyendo Laura y el sistema. Lo seguiré confirmando con cada verso, poema o libro que lea de este escritor.

Para todas las personas que, como yo, están encantadas con las forma de escribir tan especial que tiene Pedro Andreu hoy toca un regalo especial.

Espero que disfrutéis de esta pequeña entrevista:

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1-      Hasta ahora he leído dos libros suyos, uno de sus libros de poesía y su única novela, y no sabría decir en que género me ha gustado más. Pero en qué género se siente más cómodo ¿escribiendo poesía o escribiendo novela?

   Me siento más cómodo escribiendo poemas. Me gustan las distancias cortas. Me gustan las palabras que cortan. Y eso es para mí la poesía. Escribo poemas desde los 12 años y son ya, a mis recién estrenados 40, como una segunda piel. No puedo vivir sin ir dejando a mi paso un rastro de versos. Esto es así, una necesidad fisiológica más, como respirar, comer o follar. Los poemas te ladran por dentro hasta que los dejas salir sin correa.

        La novela es otra cosa, es otro territorio, cercano a veces, pero un espacio discursivamente distinto. Un vasto desierto al que hay que ir dando forma sin prisa. Es para mí un proceso más artificial, un reto. Sin embargo, la novela me pone. Requiere de una disciplina férrea, de una constancia y una fe ciega en ti mismo, en tu capacidad de crear un mundo desde la nada, sin ayuda de nadie, a solas contigo mismo, sin saber si llegarás a puerto o acabarás naufragando y tirando al retrete cientos de horas de esfuerzo. Horas y horas frente a una pantalla para volcar lo que antes has ido trabajando en tu cabeza: trama, personajes, ambientación, perspectiva narrativa, atmósfera, ritmo, tiempo, espacio… Y hay que hilarlo todo con precisión y corregir una y otra vez sin descanso hasta llegar a algo cercano a lo que habías imaginado. Algo que intente brillar más que la propia realidad.

        La poesía, por poner un símil bukowskiano y soez, es un polvo rápido, una paja, una mamada fulminante; la novela, en cambio, es como una relación seria, una novia con la que vas a compartir tus sueños por largo tiempo. Ambas tienen su encanto y su morbo. No sabría quedarme con una o con otra. Pero me es mucho más sencillo escribir un poemario. Esto es así, debo reconocerlo. A pesar de ello, quizás las dos novelas que he escrito sean hasta el momento lo mejor de toda mi producción.

 

2-      Al final los escritores reflejan aquello que han leído, y El secadero de iguanas refleja una mezcla de diversos géneros y movimientos ¿Cuáles han sido las obras que lo han inspirado o marcado para escribir, de esa determinada manera, la novela?

Mis gustos literarios son muy eclécticos, de ahí la mescolanza de géneros de mi primera novela. Un lector escribió esto tras leerla: «Mete en una coctelera El mecanoscrito del segundo origen, La carretera, Crónicas marcianas y Cien años de soledad. Remueve bien. Sirve bien frío para contrarrestar el calor sofocante del desierto y ya tienes listo El secadero de iguanas». Y no iba muy desencaminado. A esos títulos podríamos añadir otros: Solaris de Stanislav Lem o el tremendismo del primer Cela, por ejemplo (hablo de La familia de Pascual Duarte). Pero hay más, tiene algo de western, tiene también a Hemingway, a Steinbeck, a Sábato, a Cortázar, a la Carmen Laforet de Nada… Solo sé que disfruto cogiendo a Cervantes o Shakespeare y haciéndolos bailar desnudos sobre una table dance mientras un Dj pasado de coca pincha la música de Barrio Sésamo. Qué sé yo, las influencias son muchas. Me gusta escoger lo que me atrae más de cada autor o libro que en un momento u en otro me hayan marcado. Conocer las reglas para poder saltármelas… Crear un texto poliédrico y desacompasado pero que, sin embargo, parezca natural y se acelere página tras página hacia su punto de no retorno. Es desde ese punto vertiginoso del que no hay marcha atrás donde creo que todo mi potencial como escritor se desata. Esto que explico sucede en El secadero de iguanas, es hacia la mitad de la novela cuando empecé a disfrutar de verdad, cuando los personajes empezaron a funcionar por sí solos y me arrastraron definitivamente a su mundo, a ciegas, cambiando las trayectorias que en un principio les había trazado en mi imaginación. Ese punto de magia y fuego me encanta. Y escribiendo este libro lo sentí en mis propias carnes. Escribía sin conocer cuál era el destino de mis personajes, como si solo percibiese nebulosas, trazos sueltos que iban cobrando nitidez a medida que escribía…

 

3-      La pregunta que no podía faltar sobre El secadero de iguanas es sobre el final ¿Qué les diría a los lectores para que asimilen ese final?

   No se puede. Un final como ese no se puede asimilar. Ni yo mismo acabé de asimilarlo. Al escribir la última frase, me faltaba la respiración. Había entonces dos posibilidades: 1) Continuar diez, doce páginas más, hasta que todo ese universo del secadero se fuera enfriando, dejara de quemar, se desinflara lentamente. 2) Parar de escribir de inmediato: dejar la historia allí, quemando para siempre, ardiendo eternamente cada vez que alguien leyera el libro. Me decidí por la segunda opción: que el lector sacara sus propias conclusiones, que imaginara los matices de su propio final, que temblara en el último párrafo, que sintiera el desasosiego de estar vivo y cagarla.

        Y soy consciente de que muchos quieren partirme la cara cuando terminan de leer la novela. Algunos amigos me han dicho: Qué hijo de puta, pero cómo sigue todo. Otros me piden una continuación, una segunda parte, incluso una trilogía.

        No sé, no creo que nunca vuelva sobre esta historia. Me gusta así, como pequeña rareza de 300 páginas gritando en medio de la nada. Pero nunca se sabe.

 

4-      ¿Cuáles son los escritores, en todos los géneros literarios, que lo han marcado desde que comenzara a leer?

        Son demasiados para quedarme con solo unos pocos: Auster, Bolaño –pequeño dios Bolaño–, Murakami, Carver, Atxaga, Tolkien, Houllebeqh, Iván Rojo, Bukowski, Luis Alberto de Cuenca, Vilas, Mary Shelley, Bradbury, Chandler, Chirbes, Carmen Laforet, Gil de Biedma, Garcilaso, Quevedo, Lorca, Ángel González, Goytisolo, Gloria Fuertes, Alejandra Pizarnik, Karmelo Iribarren, Borges, Sábato, Benedetti, Sabines, Boris Vian, Manuel de Pedrolo, Avelino Hernández, Hesse, Kavafis, Pavese, Whitman, Lope, Álvaro Mutis, Vicente Gallego, Miller, Heminway, Steinbeck, Cheever, Lovecraft, Howard, el primer Miguel Ángel Velasco, Javier Cánaves… ¿Sigo?

 

5-      ¿Qué es lo más importante que ha aprendido de la literatura?

    Que la vida, por muy puta que sea, vale la pena. Que todos tenemos la necesidad de sentirnos cerca de otros. Que nada es blanco o negro, que la realidad está llena de matices. Que el otro es tan igual y tan diferente a ti. Que es algo tan serio, la literatura, la vida –me cuesta diferenciarlas–, que es mejor tomárselas a broma.

 

6-      ¿Qué es la poesía para usted? ¿Cómo describiría su poesía?

      No me gusta pensar demasiado en ello. La poesía ha de ser fresca. Si le das demasiadas vueltas, creo que se pierde algo. Para mí la poesía es lo que subyace en el nivel más profundo del lenguaje y que nos concierne a todos como especie emotiva. Si lees el post scriptum que escribí para Anatomía de un ángel hembra, que sale reeditado por Frida Ediciones en noviembre, encontrarás mi respuesta. Allí me hago esas dos mismas preguntas y trato de contestarlas.

 

7-      Últimamente la poesía vuelve a estar de moda y hay estilos para todos los gustos ¿por qué cree que ha ocurrido esto?

Ante todo el dios-demonio internet. Las redes sociales, los blogs, el gusto por los textos cortos, nuevas editoriales que han sabido posicionarse en las grandes cadenas de librerías, cantautores, raperos, twitteros… que han sacado poemarios con toda una vorágine de fans dispuestos a comprarlos, desenfado, desencanto, las jams y bares como el Aleatorio, Carlos Salem y su desaparecido Bukowski… No tengo ni puta idea si te soy sincero. Escribir es fácil, barato, está al alcance de todos. Cualquiera puede hacerlo, aunque lo haga mal. No sé por qué está de moda ni cuánto durará. Pero disfrutémoslo: entre tanta paja hay quizás un centenar de propuestas sugerentes, de voces que me interesan. Y eso es la hostia. Lo malo es el tiempo que se pierde en cribar entre tanto desorden al alcance de unos clics de ratón. 

 

8-      La siguiente pregunta la utilicé el año pasado para un trabajo en la que entreviste a diversos poetas, y es una pregunta que me resulta más interesante conforme voy escuchando más respuestas por lo que debía de estar presente: ¿qué opina de la frase de Theodore Adorno “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”?

Que mentía: no hay nada más poético que esa aseveración. La poesía moderna murió con los horrores de Auschwitz, es cierto. Pero nació otra cosa, posmoderna y hostil: unos poemas que miraban a los ojos al horror del hombre. Y cantaban. Aunque tuvieran que hacerlo bajito. Las personas son capaces de lo mejor y lo peor. La literatura es hoy en día un grito de amor contra un mundo de mierda. Yo cambiaría la afirmación de Adorno: Porque existió Auschwitz, tenemos la obligación de escribir poesía.

 

 

Quiero agradecerle a Pedro Andreu que haya tenido la amabilidad de responder a estas preguntas para que, tanto yo como vosotros, lo podamos conocer un largepoquito más. Ha sido todo un placer poder contar con esta entrevista en el blog.

 

 

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